lunes, 5 de septiembre de 2011

Dolor

Cuando se dió cuenta de que no podía conseguir lo que decia que no quería, la verdad se presentó ante sus ojos como un jarro de agua fria: lo quería, por supuesto, por mucho que se hubiese autoengañado, se autoengañase ahora y -seguramente- siguiese haciéndolo (o al menos intentándolo).

No habían hecho falta más de 30 segundos, de la manera más tonta e inesperada, para rendirse ante la evidencia de lo que se había negado a reconocer que sentía. Resultaba duro, muy duro, darse cuenta de que tal vez, su vida hubiese sido -muy- distinta, incluso algo más feliz de no haber creido que no era una persona merecedora de algo así, lo cual llevó a ese autoengaño, a ese "a mí no me interesa, no lo quiero, no me hace falta".

Resultaba doloroso, como agujas clavándose en lo más profundo de su alma y había hecho que se retorciesen sus sentimientos recordándole lo ínfinitamente idiota que se creía y sentía.

Había sido cuestión de tiempo... al final, se rindió ante la evidencia (aunque ciertamente y para ser del todo sinceros, ya lo había intuido en un par de ocasiones anteriormente). Pero en ese caso, como en los anteriores, no servía para nada.

Nada iba a cambiar.


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